Edición vespertina del diario El Litoral del día domingo 07 de marzo de 2004
Area Metropolitana: AREA-01
El trabajo infantil no debe ser base de la supervivencia familiar
Los chicos confiesan que trabajan para comprar alimentos y útiles. Esta semana murió un niño de 8 años en la esquina de López y Planes e Iturraspe. Sus amigos, que quieren colocar una cruz en el lugar, siguen pidiendo monedas.
Esta semana otro niño trabajador murió trágicamente al ser arrollado por un auto a las 11 de la noche en López y Planes e Iturraspe. Raúl Retamoso tenía 8 años. Y lo primero que cabe preguntarse es, ¿qué hacía un niño trabajando, y a esa hora?
Según relevamientos, hay entre 100 y 150 chicos en las mismas condiciones; como nunca la cifra es un dato relativo porque guarda historias individuales, de niños expuestos a peligros, a condiciones climáticas extremas y a una responsabilidad que los sobrepasa.
Quienes circulan frecuentemente por las calles de la ciudad quizás se han acostumbrado a la triste postal que ofrecen los chicos que limpian vidrios en la esquinas más transitadas, piden limosna o hacen malabares para procurarse unas monedas.
Cada vez hay más en los semáforos. Y a las esquinas habituales, se sumaron otras, siempre de acuerdo con el criterio de la mayor circulación de vehículos y, por lo tanto, de potenciales clientes. Precisamente, esa condición de esquinas transitadas, campo fértil para obtener alguna ganancia, es la que más riesgo de vida supone para los pequeños. Cuando el semáforo cambia de color, se escabullen entre los autos sin medir el peligro.
Pero lo cierto es que esta situación, aunque habitual, no es normal. Los chicos no pueden ni deben trabajar, aunque parezca ser la única garantía de supervivencia de toda la familia.
UNA CRUZ PARA RECORDAR
La muerte de Raúl no parece haber cambiado en nada este problema. Si bien se conocieron gestiones conjuntas entre organismos oficiales, incluida la Justicia de Menores, para garantizar un enfoque común a una problemática que se repite en las principales ciudades del país, hasta el momento no hubo anuncios oficiales al respecto ni se sabe si se modificará en algo el criterio seguido hasta ahora.
El diagnóstico que se tiene en cuenta presenta esta forma de trabajo infantil como estrategia de supervivencia familiar y, a falta de una solución de fondo -y en el mejor de los casos-, plantea ciertas condiciones: que los chicos estén menos horas en la calle, que no permanezcan allí de noche, y que concurran a la escuela y a un comedor.
Mientras tanto, la del pequeño de 8 años no es la primera muerte que ocurre en Santa Fe. Y otros casos se produjeron a plena luz del día.
La esquina donde ocurrió la tragedia, como tantas otras, sigue repleta de chicos con el limpiavidrios en la mano. Todos, amigos de Raúl; todos, dolidos por su ausencia.
"Queremos conseguir una cruz que lleve su nombre para ponerla acá en la esquina y recordarlo", dijeron Jonatan, de 15; Cristian, de 12; y Javier, de 14, quienes esa noche se fueron cuando Raúl llegaba y le prestaron el balde para que siguiera trabajando.
El hermano mayor de Raúl (10) no va a trabajar más. Según les dijo a sus compañeros, está muy mal por lo que pasó, tiene miedo y tenía pensado "poner en el cajoncito el limpiavidrios".
Los chicos aseguran que, después de lo que sucedió, los padres les pidieron que sean más prudentes, que tengan más cuidado. Pero los siguen mandando a trabajar.
AYUDA VITAL
Las monedas que los chicos recaudan son vitales para la castigada economía de las familias más humildes. Pero esto no justifica bajo ningún punto de vista el trabajo infantil.
"Con un plan de $ 150 no alcanza para dar de comer durante un mes a una familia con varios hijos y trabajo no se consigue", dijo Lidia Block mientras limpiaba las frutas que vende su marido en avenida Perón e Iturraspe. En ese mismo lugar, sus nietos limpian vidrios bajo la supervisión de su hijo.
"Acá el problema es la falta de trabajo digno. Si mi hijo tuviera una ocupación, no mandaría a sus hijos a limpiar los vidrios".
El hijo de Lidia contó que "los chicos van a la escuela, nunca los dejo faltar". El año pasado la maestra le dijo que su hijo parecía más un adulto que un niño. En ocasión de realizar el viaje de estudios, el niño dijo que no podía ir porque tenía que ayudar a su papá. "Cuando me enteré, hablé con él y finalmente aceptó ir", dijo el papá.
En bulevar Pellegrini y Urquiza, un grupo de chicos corre entre los autos cuando el semáforo se pone en rojo. José y Emanuel, de 13 y 12 años respectivamente, se turnan entre hacer malabares con un par de limones y limpiar los vidrios. Viven en Villa Hipódromo, aunque todas las mañanas viajan hasta esa esquina para juntar unas monedas para procurar el almuerzo de sus familias. Por la tarde, también salen a trabajar, pero más cerca del barrio: "Lo que juntamos a la tarde es para comprarnos los útiles para la escuela", confesaron.
Raúl no podrá comenzar las clases este año. Las monedas que tuvo que juntar para comprar sus útiles seguramente ya encontraron otro destino.
Cuestionada resolución
Más allá de algunas experiencias positivas, que incluyen el seguimiento de la familia y el aporte de alternativas al trabajo de los niños, el panorama no ha cambiado mucho en los últimos años. En mayo de 2000 una resolución del juez de Menores, Julio Rogiano, avivó el debate: el magistrado dispuso entonces que los menores fueran retirados de las esquinas donde trabajaban, con el fin de evitar los riesgos que supone la actividad. Como contrapartida se exigía al municipio y la provincia cumplir con su rol de asistencia y contención, al tiempo que se disponía un relevamiento a cargo de asistentes sociales. Se desconoce en qué plazo tuvo vigencia tal resolución, pero sí se sabe que cosechó opiniones en contra.